Alguna vez Rodolfo soñó con ser astronauta. Con los ojos abiertos o cerrados, atravesaba el cielo hasta alcanzar el infinito. Esa pasión por la aventura nunca paró de crecer hasta transformarlo en lo que es hoy: un viajero incansable. De cada una de las peripecias que emprende por el globo, Rodolfo toma registro. Su aspiración máxima es capturar el mundo con sus fotos. Aunque al aterrizar no solo trae imágenes: también llega cargado de lo que reunió en mercados como los de Marruecos, de donde trajo aromas de especias, textiles de mil colores y milenarias estampas. En su pasado hay un Rodolfo navegante que surcó los cielos comandando las más impensadas naves. De él heredó una brújula y también la misión de continuar completando el mapa familiar que se transmite de generación en generación, hasta lograr entre todos dar la vuelta al mundo. Cuando no está viajando por ahí, Rodolfo se refugia en su casa donde atesora los mil y un fragmentos de los lugares que visitó. Entre todos estos objetos cargados de recuerdos, son muchas las noches en que, alumbrado por las estrellas, Rodolfo el navegante, el astronauta, el fotógrafo, viaja sin parar solo a bordo de su imaginación.

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